Conversación con Alberto López Cuenca

Esta conversación tuvo lugar vía correo electrónico entre los días 21 de abril y 6 de mayo de 2014. Indisciplinadas envió el texto en negro a Alberto López Cuenca y él insertó el texto en gris en respuesta.

 

En el título de la exposición, soft [cover] revolution, se hace referencia, por un lado a la expresión “soft revolution”, que utilizan Neil Postman y Charles Weingartner en su libro homónimo The Soft Revolution: A Student Handbook for Turning Schools Around (1971), para referirse a cualquier cambio, por pequeño que sea, que se lleva a cabo utilizando la inteligencia sin involucrar la violencia. Por otro lado, soft cover hace referencia a la objetualidad de las obras de la muestra, todas de tapa blanda, publicaciones de artista y fanzines en su mayoría autoeditados.

El término revolución pertenece al léxico moderno y difícilmente puede disociarse de nociones como libertad o emancipación en un sentido absoluto. Desde la Revolución francesa y las revoluciones burguesas a lo largo del siglo XIX, el substrato filosófico de la revolución fue el del pensamiento moderno liberal, que se pretendía universal y absoluto. La dimensión mesiánica y ecuménica de ese pensamiento se halla aún en el proyecto filosófico que daría sustento a las revoluciones proletarias por venir: el marxismo. Su pretensión es también universal y absoluta. Desde esta perspectiva, no caben revoluciones a medias: no puede equipararse la revolución con el reformismo. Ahora bien, como Fredric Jameson ha señalado y, dicho sea de paso, criticado por sus implicaciones contrarrevolucionarias, desde la década de 1960 se dio un giro cultural en los modos de plantear la lucha social y, por tanto, la revolución misma. Los oprimidos y excluidos por los modos de producción del capitalismo no lo eran ya sólo por motivos económicos (y por tanto de clase, donde el explotado sería sólo el proletariado) sino también por su género o raza. El marxismo había armado el conflicto social sólo en términos de clase y quienes no entraban en esa categoría parecían caer en el terreno del lumpen (prostitutas, artistas, dandis, ociosos, gitanos, homeless, drogadictos o inmigrantes) y, por tanto, no eran sujetos revolucionarios. Mientras que para marxistas como Jameson el giro culturalista significará la desarticulación del movimiento proletario, para otros pensadores implicaría la redefinición de los términos de la lucha social. Una lucha, cabe decir, que se fue planteando cada vez en términos más locales, menos internacionalistas y absolutos. Una cuestión muy reveladora, que se da también en la década de 1960, de la mano del trabajo de Henri Lefebvre, Raoul Vaneigem y otros (notablemente la Internacional Situacionista) será el papel central que se le otorgará a la vida cotidiana como terreno de disputa y liberación. Éste es un giro importante, que explicaría en gran medida la idea de una soft revolution, de la posibilidad de transformar la vida micropolíticamente –un término que ya parece haber pasado de moda. En cualquier caso, esto parecía abrir las puertas a otros modos de enfrentar el orden hegemónico, las condiciones productivas del capitalismo desde muchos más frentes. Ahí entraría en escena, la autogestión, la autoedición y los proyectos de orden más locales y cotidianos. Sin duda el fanzine, que aunque es un fenómeno que se da desde los años 50, cobrará una gran fuerza en la década de 1970. Ahora bien, ¿podemos aún seguir hablando ahí de revolución en el sentido moderno del término?

La auto-edición y la edición independiente defienden modos de producción que se dan al margen de una oficialidad industrial (aunque comparta con ésta algunos elementos) y proponen un programa temporal y estrategias productivas inesperadas. Casi como un hobby, dependen de un compromiso de trabajo justamente en un tiempo de descanso obligatorio o en que uno debe consumir bienes – y no producirlos. La exposición soft [cover] revolution ve en estas apuestas editoriales una posibilidad diferenciada de crítica al estatuto vigente del trabajo, pues actuaría en las fisuras de este escenario sin necesariamente depender de un afuera teórico, es decir, sin automarginarse y elaborar una estrategia que rompa totalmente con las formas conocidas del trabajo. ¿Cuáles serían los posibles logros y las vulnerabilidades de esta forma de actuación y de resistencia a la instrumentalización del individuo bajo las dinámicas laborales? En suma, ¿es un disparate pensar una revolución basada en la negociación y no en la ruptura?

A mí me ha interesado subrayar que aunque el arte moderno fue fundamentalmente una práctica cultural capitalista y estuvo necesariamente inscrito en sus condiciones de producción, no siempre fue productivo para el capitalismo. La capacidad del trabajo artístico para ser productivo en la Revolución industrial y durante el fordismo era anecdótica: el trabajo productivo era el trabajo industrial asalariado no el trabajo de los artistas. ¿Quiere esto decir que el arte no producía nada? Desde una perspectiva marxista, para la que el arte, por cierto, no fue de especial interés, éste lo más que podía hacer era alinearse con el proletariado. Sin embargo, creo, con otros, que el arte además de un bien de consumo suntuario o un fetiche en la construcción del imaginario nacional, fue también un recordatorio de que se podía producir de otro modo, de un modo distinto a como lo exigía el capitalismo. En realidad, esta capacidad de producir de otro modo no es exclusiva del arte (la gran mayoría de la población mundial no es productiva para el capitaliso y subsiste con otros modos de producción). Sin embargo, en el seno del capitalismo, siendo el arte moderno y contemporáneo un claro producto suyo, no ha podido hacerlo totalmente productivo (si bien estamos en un momento en el que la precarización laboral generalizada se parece más que nunca a la improductiva bohemia artística del siglo XIX y los modos creativos del arte parecen ser el modelo productivo en el capitalismo actual). Aún así, estando insertas en esas condiciones de producción, las prácticas artísticas puede hacer de otro modo. Ahora bien, respecto a la cuestión de la negociación en lugar de la ruptura, tengo ciertas inquietudes. Me da la impresión de que hay un intento de apaciguar las contradicciones: que ya no hay conflicto social ni ideológico (el discurso respecto al fin de la historia, por ejemplo, venía a deshacerse, entre otras cosas, de la necesidad de la lucha social a principios de la década de 1990, por ejemplo). Esto conlleva una criminalización de la disidencia social que recurre a la violencia y a la confrontación. Sin embargo, a la vez que se produce esa desautorización del conflicto, se da un monopolio y exacerbación de la violencia por parte del estado como vemos en España o Grecia desde el inicio de la recesión en 2008. Quienes niegan que se haya producido ese fin de la violencia y de las hostilidades o responden en esos términos en las democracia de mercado son tachados de terroristas. En su referido Hegemonía y estrategia socialista, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe aceptaban tanto los términos del giro culturalista del que hablaba más arriba –en el que el motor de la revolución no era ya el proletariado, en realidad, argumentan, nunca hubo tal cosa precisa y definida globalmente como el proletariado– como negaban que eso implicara que la política hubiera devenido consenso entre minorías y el estado. Al contrario, piensan que las minorías y todos esos modos de hacer frente al estado capitalista son inexcusablemente antagónicos, conflictivos. En ese sentido cabe entender la queja de Slavoj Zizek, por ejemplo, cuando entiende que las revueltas sociales en Túnez o Egipto en 2011 o el 15M u Occupy Wall Street se arriesgan a ser irrelevantes si no tienen un objetivo revolucionario que vaya más allá de ciertas demandas puntuales
[http://www.lrb.co.uk/v35/n14/slavoj-zizek/trouble-in-paradise].
Cabe pensar tanto a Laclau y Mouffe como a Zizek no solicitando algo así como un programa global de acción sino subrayando que los movimientos antagónicos, disidentes, resuenan entre sí. ¿En qué consistiría esas resonancias y qué tendrían que ver con los modos ociosos, placenteros, improductivos asociados con hacer y circular fanzines? A mi juicio, en que manifiestan otras maneras de producir vida social, unos modos que no se ponen en marcha atendiendo a criterios de rentabilidad o productividad económicas.

En el artículo, “Artistic Labour, Enclosure and the New Economy“, publicado en Afterall, argumentas que lo que está en juego en el postfordismo no es el fin del trabajo, sino el trabajo sin fin, de la misma manera que en los 60s el arte no se ha muerto, sino que nace un arte sin fin: todo puede ser arte y cualquiera puede ser un artista. En los límites borrados entre ocio y negocio, entre arte y vida, parecen estar la mayoría de las propuestas de las publicaciones presentadas en soft [cover] revolution. Por un lado, podríamos preguntarnos: ¿cómo acercarnos críticamente a este aprecio por lo prosaico, por lo cotidiano, incluso por lo anodino que manifiestan estas publicaciones? Por otro, ¿cuáles son las posibles relaciones entre el trabajo aficionado de gran parte de los artistas y el trabajo de orden difuso que propone el sistema de producción capitalista contemporáneo?

Más arriba hablaba del papel revolucionario que se le otorga a las prácticas cotidianas en la década de 1960. De algún modo, lo cotidiano parecía ocupar teóricamente el lugar del sujeto libre, de lo sublime o del inconsciente: una esfera que no podía ser colonizada por el capital o el trabajo productivo. Sin embargo, los derroteros fijados por el capitalismo avanzado hasta nuestros días nos han mostrado que no había nada que frenara a lo cotidiano de ser apropiado y hecho productivo. La diversión, el erotismo, la enfermedad, la reproducción y la muerte también han logrado ser administradas no ya por el estado (biopolítica) sino por el sector privado, al que el estado le ha servido en bandeja al ciudadano. Por eso hablaba en ese texto de que no hay nada inexcusablemente libre o emancipado o resistente en el trabajo artístico: éste también puede ser puesto a producir valor económico. Es cierto y no deja de ser paradójico: las exigencias hechas en los sesentas de que todos somos artistas (Beuys) o la revolución al poder… parecen eslóganes satisfechos hoy perversamente. ¿Quiere esto decir que no hay esfera ajena a la lógica productiva capitalista? No la hay en el sentido moderno de un ‘afuera’ impoluto, libre e inmarcesible; la hay, no obstante, siempre situada en el horizonte abierto por las condiciones materiales de un tiempo y espacio específicos. Dicho de otro modo, depende cómo sean usados aquí y ahora los medios de producción a nuestra disposición. Con ellos se puede producir tanto valor económico como relaciones sociales no productivas, incertidumbre…

El espacio de negociación promovido por esta “soft revolution” está cargado de subjetividades. Gran parte de las publicaciones seleccionadas ponen de relieve propuestas frágiles y tal vez no aptas para el circuito oficial justamente por el alto grado de subjetividad (temáticas particulares, formatos de creación cercana al artesanal, aprecio por lo accidental, etc.) Una de las negociaciones cruciales para esta subjetividad es la práctica de la colectividad y de la experiencia en común, por lo que propone un nuevo acercamiento a la idea tradicional de autoría. A partir de esta idea, hemos seleccionado una serie de publicaciones relacionadas con la copia, revisión, recreación, apropiación, piratería, compilación y colección. ¿Cómo ves las implicaciones legales y filosóficas de este modo de creación que resignifica el excedente producido por nuestras sociedades?

Frente a la idea del genio individual, gestada y afianzada legalmente en los siglos XVIII-XIX, bajo el amparo de la epistemología empirista donde el sujeto producía sus propias ideas, que le pertenecían como fruto de su trabajo, los distintos modos de codificar información han ido poniendo este presupuesto en cuestión. En las prácticas de la oralidad parecía no tener sentido hablar de propiedad de las palabras o los sentidos. Los usos del texto impreso y los hábitos de lectura parecieron individualizar la relación con la escritura y, sin embargo, pareciera que la acumulación de textos hace evidente la inevitable condición de plagio de toda escritura. Por supuesto, es el orden legal el que insiste y fija, para reprimir y castigar y para rentabilizar económicamente, los usos de la originalidad y la autoría. El argumento habitual, que yo mismo sostendría, pasa por abogar por que ha sido la crisis de la escritura alfabética, debida al auge de la televisión y a la subsecuente panoplia de medios electrónicos que la siguieron, lo que disolvió esa ilusión solipsista de la escritura como una práctica solitaria. En realidad, las prácticas del fanzine hacen evidente que puede haber otro modo de ejercer la escritura, donde la escritura y su circulación pueden hacer énfasis en la producción colectiva de sentido (mediante la apropiación, el plagio, el anonimato o el collage). Dicho de otro modo, que no hay nada esencialmente público o privado en ningún medio sino que son sus usos los que los hacen funcionar colectivamente.

Alberto López Cuenca es Doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid y actualmente profesor titular de Filosofía y Teoría del Arte Contemporáneo y director del Grupo de investigación del doctorado en Creación y Teorías de la Cultura en la UDLAP (México). Sus líneas de investigación se centran en Teoría del Arte Contemporáneo, prácticas artísticas, autoría y nuevas tecnologías y trabajo creativo y postfordismo.

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